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martes, 30 de agosto de 2016

Un adiós sin despedida - Ariel Pablo Brito

Un adiós sin despedida



            El viento helado de la puna salteña penetraba por cada rincón del viejo puesto, hecho de paredes de adobe con techo de paja y barro; dentro, a Juan Hilario Mamani le castañeaban los dientes a pesar de estar tapado hasta la nariz debajo del gastado quillango de vicuña, legado de Doña Sixta, quien lo crió, su mama. A sus pies, en el catre de madera de cardón y tientos; hecho un rollo, solo su pequeño perro le hacía compañía.
              Afuera, el cielo andino mostraba la vía láctea en todo su esplendor.
            Entre la vigilia y el sueño, Hilario sintió una tibia caricia sobre el costado de su cara, y una voz, que en ese estado no le parecía ajena, le susurró:

-          Ya...stoy ..., …jito… - Por el silbido del viento no pudo escuchar aquella frase.

El perro alzó la cabeza, y con las orejas levantadas, miraba alrededor buscando el origen de esas palabras. Hilario se sobresaltó, un escalofrió intenso le recorrió, de la cabeza hacia los pies, todo el cuerpo.  De un salto se sentó en su catre, con la tenue luz del candil intentaba ganarle a la oscuridad con la pequeña lumbre, confirmó que solo estaban él y su perro, sin embargo, parecía haber alguien más en aquel lugar.

Esa noche no pudo dormir, en su mente repetía una y otra vez aquel momento, tratando de entender aquellas palabras, aquella frase.

A la mañana siguiente, temprano, aun antes de que el sol se asomara entre los cerros, un impulso irrefrenable hizo que comenzara a prepararse para bajar desde su solitario puesto de pastoreo, herencia y vestigio de su estirpe; hacia la casa familiar que estaba a una jornada de distancia. Se calzó las ushutas de cuero, agarró el sombrero de paño negro de media ala y se abrigó con un poncho de lana, de fondo colorado con una franja negra vertical a cada costado.

Mientras realizaba las ultimas labores de su boca salían las estrofas de la canción que tanto le gustaba, La vasija de barro, de Atahualpa Yupanqui, a quien sin conocer sentía como hermano de gauchaje, ya que era hombre de montura, como él. Luego de ensillar la mula, aseguró la entrada al corral de piedras, la pirca que su familia construyó hace ya muchas generaciones, para guarecer a las tropas viajeras, cuando el comercio de mulas de Sumalao y de vacas hacia el Alto Perú estaba en auge. Aseguró la entrada para que sus cabras y ovejas no escaparan. Levantó la bolsa de vejiga de oveja donde guardaba sus hojas de coca, alivio del kolla y del gaucho, que retrasa el hambre y el cansancio; armó un acullico, puso charqui de cabrito en el morral. Montó e inició la travesía, seguido de cerca por el pequeño perro.

Bajando de aquellas soledades por las angostas sendas de montaña, desandando algunos tramos del Qhapaq Ñan, a lo lejos escuchó un silbido, largo y agudo; debajo, una manada de guanacos parecía marchar bajo las órdenes de algún pastor invisible;

-          Coquena cuida su tropa - pensó Hilario, mientras taloneaba a su mula que se resistía, más por la terquedad que las caracteriza que por temor, a descender por las empinadas cuestas.

Con media jornada recorrida, se detuvo en lo alto de un cerro, que dominaba un amplio valle solo poblado por cardones y pastos duros, y que se extendía hasta el horizonte y parecía hacerse uno, allá lejos, con el cielo; puso una piedra sobre la apacheta, el monolito donde cada viajero, según la costumbre, debía dejar una roca, comida, alcohol y hojas de coca para la Pachamama, dueña y señora de cada rincón, de cada animal, de cada cardón, de cada roca; madre ancestral que da la vida, la abundancia y la protección a los hombres de buen corazón.

      Así lo hizo Hilario, pidió la bendición y siguió su camino.
            
            Al caer la tarde, divisó a lo lejos el caserío de su niñez, vio el campanario de la capillita de piedras, el techo de chapas de la escuelita que, por lo riguroso del clima, solo funciona en verano, donde él mismo, hacía unos años, compartía su pupitre con otros changuitos del lugar, de todas las edades. Recordó a su maestra la Señorita Mercedes, a la que, en más de una ocasión, llamó mamá, quien además de las tareas docentes, les preparaba la comida, limpiaba el pequeño albergue, pero, sobre todo, les brindaba lo más valioso que ella tenía, su corazón.
            
           El humo salía por las chimeneas de las pocas casas, las primeras estrellas asomaban en el cielo; faltaba poco para llegar.

Debía decidir si tomaba un atajo atravesando el cementerio o lo rodeaba demorando el arribo un poco más. La prisa hizo que tomara valor, y acortara camino.     Entre las derruidas cruces, pudo distinguir una nueva, hecha de madera, sobre la que descansaba una corona de flores de papel, un ovalo de piedras blancas demarcaba lo reciente de ese entierro; desmontó de su mula, al acercarse pudo distinguir la inscripción que decía:

-          Sixta Condorí – 1919 – 2001 – Q.E.P.D. –
           
             El universo entero se detuvo, su vida, sus recuerdos, las palabras sin decir comenzaron a dar vueltas por su mente; el corazón latía con fuerza; aquel momento tenía lo estático de una fotografía. Sus ásperas manos dieron a aquella cruz la caricia más tierna y más suave que hayan dado. Una lágrima brotó de sus ojos negros y descendiendo por su cara curtida por el viento y el frío de la puna, fue a terminar en los labios, que acostumbrados al silencio y a la soledad; solo pronunciaban, a veces, unas pocas y justas palabras. A su lado su fiel compañero soltaba un largo aullido, de esos que erizan la piel.
            
            Entonces el viento, el viento siempre presente trajo a sus oídos la frase que había escuchado en las alturas, en sus montañas, en su humilde catre:


-Ya estoy bien m´hijito –

Ariel Pablo Brito


Foto gentileza de TotySianca

martes, 9 de agosto de 2016

La leyanda de el Mikilo



Deidad diaguita, leyenda conocida en las provincias de La Rioja, Tucumán, Santiago del Estero y Salta. Según se cuenta, es esquivo y poco sociable; se lo reconoce por su grito ululante, casi como un lamento en la noche. Deja una pisada desconocida, que se parece a la de un gallo; algunos lugareños lo describen como un animal demoníaco, que tiene la mitad del cuerpo de humano, y la otra mitad de perro, patas de gallo, manos enormes y una larga cola emplumada. No siempre ataca a los hombres, comúnmente los espía.

Su pagana, naturista y pintoresca imagen, refugiada en los bosques y montañas, en cuya penumbra vive, lo ha librado del exorcismo de la colonia y de la profanación de la cultura europea.

Pertenece a la familia de los dioses salvajes y demóticos sin templo ni ofrendas de oro que despertaran la codicia y el fanatismo de la Conquista...Y tal vez es esa la razón de su supervivencia en la memoria y en el culto de la gente...Es un dios de múltiples formas variantes con la inconstancia de los juegos de luz en las arboledas y en la peñas, por lo que resulta difícil reconocerlo.

En algunas partes de La Rioja, Mikilo es el Duende: hombrecillo de poncho y sombrero negro llevar, este pequeño ser fue denunciado a la policía riojana por los habitantes de la apacible Chilecito por andar posándose en las entradas de las casas de los lugareños y asustar a los paseantes.
 
Fuente: Portal de Salta

 

La leyenda del familiar



Los patrones de los ingenios, para hacerse más ricos, para tener más suerte y abundancia, realizan un contrato con el Familiar, que es el diablo. Cada año le ofrecen un peón de los que llegan a la cosecha, para que se lo coma.

En las grandes fábricas suelen ocurrir accidentes particularmente en la caldera y el trapiche y, cuando muere un hombre, se dice que el familiar "ya se ha hecho la víctima" (si muere más de uno es porque está hambriento). El año será de mayor provecho para el dueño del ingenio cuantos más peones coma el Familiar.

Esto explicaría el hecho de que en los ingenios más famosos de Jujuy, Salta y Tucumán desaparecieran peones todos los años y nunca se supiera que había sido de ellos.


Los dueños tenían en la fábrica un cuarto oculto donde vivía el Familiar. Allí enviaban a la gente a buscar herramientas; pero ninguno de los que entraba volvía a salir. Los hombres que conocen de estas cosas son precavidos; llevan una cruz grande colgada en el pecho, un rosario en el cuerpo y un puñal en la cintura. Si les sale el Familiar a querer comerlos, le hacen frente y pelean. Pueden quedar lastimados, con la cara y las manos arañadas y la ropa rota, pero se salvarán gracias a la cruz y al rosario; si el hombre no puede pelear con su facón, entonces será devorado. En los casos en que el peón sobrevive, los patrones les pagan fuertes sumas de dinero para que no avise a nadie y se vaya.

Este ser diabólico aparece como un perro enorme, feroz, siempre al acecho de cualquiera que pase; o como viborón negro con ojos de gatos y cerdas en la cabeza. Se recomienda no matar a las víboras negras que se encuentren, porque puede tratarse del Familiar (no son muy largas pero si gruesas, y a veces tienen cabeza de perro, como el Teyúyaguá de Corrientes). Aparece también como persona, mulita, cerdo o torito negro astuto. Bajo este último aspecto, puede balar y el ganado lo rodea inmediatamente. Se lo ha visto cruzar de noche los cañaverales arrastrando una pesada cadena; nada lo detiene y atraviesa paredes o pantanos sin que nadie logre herirlo.


Los numerosos ingenios de Tucumán, Salta y Jujuy, las grandes fincas de Catamarca y San Luis y los viñedos importantes en nuestro país cuentan todos con un familiar que hace parir a las vacas, reproducirse en abundancia las majadas y acrecentar riquezas. Además de comer hombres se alimenta con leche, menudos de vacas carneadas especialmente para él o grandes tachos de locro. Vive encerrado en sótanos donde se lo escucha gemir como un niño, en habitaciones ocultas en las casas o fábricas, corrales de pircas y, en su aspecto de víbora, puede habitar en petacas.

Cuando el dueño se muere y no pasa el secreto a otro, como ya no atienden al Familiar ni le dan de comer, este se pierde y la fortuna desaparece.
 

martes, 26 de julio de 2016

Naufragio - Manuel J. Castilla

NAUFRAGIO



Esta es la historia más simple, 
Más simple que puede haber, 
Porque es la historia de un barco,
un barquito de papel.


Como a mí me la contaron,
yo también la contaré.

Nació una tarde de lluvia
Porque debía nacer.

Era una hoja de cuaderno
que estaba en medio de cien,
hasta que la tarde aquella 
se hizo barco de papel, 
que más que barquito fuera
una cáscara de nuez
donde se iban para siempre
los sueños de la niñez…


Diz que el niño fue a una esquina
Donde al agua en desnivel,
echó al barquito, seguro
que no había de perecer.



Manuel J. Castilla

martes, 19 de julio de 2016

Moldes El Incorruptible - Opinión

“Moldes El Incorruptible”




   La historia, como toda ciencia social, tiene un carácter de inacabada, de nunca finalizada, y esto, lejos de limitarla, logra enriquecer todo su ámbito. 
   
   Muchas veces creemos percibir que ya está todo escrito, que  ya está todo dicho, sin embargo, cada tanto aparecen obras que vienen a dar una bocanada de aire fresco a toda la formalidad imperante, al status quo que tanto se esfuerza por permanecer en la historiografía Argentina; y el libro de Eduardo Medina, Moldes El Incorruptible, es precisamente una de estas; sumado al rigor histórico que brinda todo el trabajo investigativo y la documentación que respalda lo allí escrito, la obra posee la calidad literaria que lo caracteriza.

   Por otro lado, Moldes El Incorruptible, rescata a uno de los héroes de nuestra historia, casi caído en el anonimato, mostrando su vida, sus valores, tan necesarios en esta, nuestra actualidad, nuestra realidad; donde aún debatimos sobre qué es ser argentino, sobre cuál es nuestra identidad, sobre cuál es nuestro proyecto de país. Moldes, muchas veces tildado de terco, de malhumorado, de “chinchudo”, fue un hombre de grandes convicciones, debido a su educación, a su contacto y militancia, desde joven, con los noveles movimientos independentistas, con las distintas logias, conformadas tanto por americanos como por europeos, imbuidas todas ellas por los ideales de la Ilustración, pero sobre todo por los ideales de la Revolución Francesa y lo ecuménico que ésta resultó.

   Estamos, entonces, ante una obra sumamente recomendable, que aporta un punto de vista distinto sobre nuestra historia tanto nacional como regional, lo cual nos permite ampliar nuestro espectro historiográfico y nos muestra, con el rigor de los documentos, a un José de Moldes real, vivo, pero, sobre todo, humano.

Ariel Pablo Brito

lunes, 27 de junio de 2016

La leyenda de El Coquena

EL COQUENA


Cazando vicuñas anduve en los cerros
Heridas de bala se escaparon dos.
-No caces vicuñas con armas de fuego;
Coquena se enoja, -me dijo un pastor.


-¿Por qué no pillarlas a la usanza vieja,
cercando la hoyada con hilo punzó ?
-¿Para qué matarlas, si sólo codicias
para tus vestidos el fino vellón ?


- No caces vicuñas con armas de fuego,
Coquena se venga, - te lo digo yo
¿No viste en las mansas pupilas obscuras
brillar la serena mirada del dios ?


-¿Tú viste a Coquena ? -  Yo nunca lo vide,
pero si mi agüelo, - repuso el pastor ;
una vez oíle silbar solamente
y en unos tolares, como a la oración.


Coquena es enano ; de vicuña lleva
sombrero, escarpines, casaca y calzón,
gasta diminutas ojotas de duende,
y diz que es de cholo la cara del dios.


De todo ganado que pase en los cerros
Coquena es oculto, celoso pastor ;
Si ves a lo lejos moverse las tropas,
es porque invisible las arrea el dios.


Y es él quien se roba de noche las llamas
cuando con exceso las carga el patrón.
 
Juan Carlos Dávalos

jueves, 23 de junio de 2016

La leyenda de El Duende

EL DUENDE


Es –dijo el indio viejo, de barbas de chivato,
empezando la historia con su habitual recato –
un hombre peticito, sombrerudo y lampiño,
forzudo como un toro, travieso como un niño.

Oculta en los bolsillos de su calzón de pana,
una mano de plomo y otra mano lana:
pregunta a quien le halla cual es la que prefiere,
y si elegía la lana, con la de plomo os hiere.

El hace en la cocina que rebalse la olla,
y él aumenta en el tulpo la dosis de cebolla.

De acuerdo con el gato, su compadre y amigo
echa pelos en la leche, se revuelca en el trigo,
a medianoche muele maíz en el mortero,
encabrita la jaca y aventa el avispero.

A la hora de la siesta cuando el sol reverbera,
se aparece a los chicos debajo de la higuera.

A  jugar les convida con palabras cordiales
y en la frente les deja tramendos cardenales.

El sábado a la noche ronda la pulpería
y aporrea a los ebrios con pesada porfía;
se enanca en el caballo, les hurta los pellones
y el pan de las alforjas lo trueca por carbones.

El duende es el demonio del mal que muerde y pasa
el que pudre los huevos, el que apedrea la casa;
toda molestia viene de su maligna influencia,
y un solo medio existe para burlar su ciencia.

Se sabe – acabó el viejo de barbas de chivato -,
que el duende es un espíritu que tiene un gran olfato.

Para ahuyentar es bueno, según decía mi abuela,
cargar en los bolsillos algo que mucha huela.
Por donde tal remedio, según lo que trasciende,
resulta peor que el duende.

Juan Carlos Dávalos

miércoles, 25 de mayo de 2016

Encuentro entre Martín Miguel de Güemes y Juan Martín de Pueyrredón

Cobos - Salta

15 de Junio de 1816



Junto a sus tropas, formadas por gauchos y baqueanos de escasa formación militar, pero con un enorme conocimiento del terreno, y sobre todo, con el coraje y la motivación de defender sus propias tierras; Martín Miguel de Güemes, utilizando el sorprendente sistema de guerra de guerrillas, o guerra de desgaste, el cual consistía en un asedio permanente al enemigo y a la concreción de muy cortas escaramuzas, con el fin de dañar la moral de las tropas realistas, y de apoderarse de armas, pertrechos, provisiones o cualquier cosa que les fuera útil al gauchaje; mantuvo segura la frontera norte de nuestro país, hostigando, retrasando e impidiendo que los españoles llegaran hasta la ciudad de Córdoba, objetivo muy importante para ellos, puesto que desde allí planeaban incursionar hacia Buenos Aires y hacia la región de Cuyo, lugar donde ya se encontraba el General José de San Martin preparando le enorme epopeya que lo llevaría al cruce de Los Andes y posteriormente a luchar por la libertad de los países de la patria grande Latinoamericana.

En el marco de la Tercera Expedición al Alto Perú, el general José Rondeau establece su cuartel general en la localidad de Huacalera, mientras tanto Güemes, junto con sus gauchos, librando pequeñas escaramuzas, con la colaboración de Fernández Campero, logró llegar hasta Yavi. Ante esta circunstancia, y con cierto temor de seguir perdiendo prestigio y respeto ante la tropa, Rondeau destituye a Güemes y nombra como nuevo Jefe de Vanguardia al coronel Martin Rodríguez, en cual aún, no contaba con experiencia suficiente en este tipo de circunstancias. Recibió ordenes de entrar a la zona de la Puna y lograr una victoria que cambiase la imagen del ejercito; lo que se obtuvo fue totalmente lo contrario, en un alto realizado en el paraje “El Tejar”, el comandante enemigo Antonio Vigil detecta la presencia de las tropas de Martin Rodríguez, y atacando por sorpresa logra someterlo con cierta facilidad, lo hace prisionero junto con varias de sus tropas. Mariano Necochea logra huir e informar de lo sucedido.

Mientras tanto Francisco Fernández de la Cruz es nombrado en reemplazo de Martin Rodríguez, debiendo avanzar hacia “El Tejar” y luego tomar rumbo hacia Puesto del Marqués, lugar este donde se tenía conocimiento que estaba guarecida la vanguardia del enemigo; conformada por una fuerza de 300 hombres de Vigil, a los que se agregaron 300 hombres más provenientes de Cangrejos. Debido a la vigencia de la reciente tregua pactada entre Olañeta y Rondeau, y confiados por su mayor numero, equipamiento y experiencia (recordemos que estas tropas realistas eran las mismas que años antes habian derrotado a Napoleón, a quien lograron expulsar de España), los españoles se encontraban distendidos y sintiéndose seguros.

Francisco Fernández de la Cruz contaba con una mayor experiencia respecto a su predecesor, por lo cual creyó conveniente formar una fuerza de compuesta por caballería ligera, por gauchos conocedores de la zona. Estaba a la espera de órdenes superiores para comenzar el ataque. Ante esta indecisión, a lo que se sumaba la falta de iniciativa de José Rondeau, Martin Miguel de Güemes decide avanzar hacia Puesto del Marqués, se pone en marcha a las dos de la mañana al mando de un regimiento de Dragones conjuntamente con mil gauchos de Salta y de Jujuy. Fernández de la Cruz decide entonces poner en marcha a la Infantería, ordenando entonces la partida del batallón “Los Cazadores” al mando de Rudecindo Alvarado.

El regimiento de Dragones debe retrasar su marcha y esperar a la infantería, los gauchos, en cambio, lograr avanzar rápidamente en la noche y llegan poco antes del amanecer al Puesto del Marqués, a las 05:30 de la mañana, y viendo que las tropas enemigas se encontraban entregadas al descanso, Martin Miguel de Güemes da la orden de atacar. La embestida de los gauchos, rápida y feroz, provocó una matanza entre las tropas enemigas; en el entrevero murieron cuatro oficiales enemigos, 105 soldados realistas, fueron heridos o tomados prisioneros cinco oficiales y 117 soldados. El parte de guerra de este hecho consigna que los españoles perdieron todas sus armas, municiones, pertrechos, guiones, equipajes y bestias. Por su parte, solo dos gauchos Salteños y Jujeños sufrieron heridas. Este glorioso día, 14 de Abril de 1815, sería la única victoria alcanzada en la Tercera Expedición al Alto Perú.

En su parte de guerra el general José Rondeau, no reconoció explícitamente la destacada actuación de Martin Miguel de Güemes en la batalla de Puesto del Marqués, nombrando, en cambio, como héroe de la acción al general Fernández de la Cruz. De todas formas, ante la evidencia de lo destacado, informó “...los valientes gauchos con su jefe y la oficialidad son tan recomendables y fue tanta su bizarría que nada tuvieron que envidiar a las tropas más aguerridas...”.

En este punto debemos destacar que Martin Miguel de Güemes, junto con sus gauchos, salteños y jujeños, vencieron nada menos que al poderoso ejército español, cuyas tropas contaban con mayor experiencia, equipamiento y disciplina, y eran esas mismas tropas las que vencieron y expulsaron a Napoleón Bonaparte y a su poderoso ejército, de España.

Ante esta falta de reconocimiento Martin Miguel de Güemes decide dirigirse a Rondeau en persona, pero este se niega a recibirlo y ordena a Hilarión de la Quintana despachar a Güemes, esto provocó un grave altercado, que no pasó a mayores por la pronta intervención de los presentes, debido a que la vida de Hilarión de la Quintana estuvo en peligro. Este incidente fue el detonante de la ruptura entre José de Rondeau y Martin Miguel de Güemes. Aduciendo enfermedad, Güemes regresa a Salta, pero 
hubo otras razones para esta vuelta, entre ellas debido a la segregación de Tucumán, Salta había quedado en estado de abandono político.

En su regreso lo siguen 400 gauchos, luego, en su paso por Jujuy, requiere fondos para pagar sueldos atrasados para sus tropas al tesorero Del Pino, cosa a la que este se negó. Se apodera de 700 fusiles del arsenal de Jujuy, que según su criterio eran de Salta. Ante la retirada de Martin Miguel de Güemes y sus tropas, el general Rondeau nombra en su reemplazo, como jefe de vanguardia, a José Antonio Álvarez de Arenales, quien, y mostrando un profundo respeto y lealtad hacia Güemes, no acepta el cargo, esta negativa viene a reforzar aún más la ya deteriorada imagen de José de Rondeau.

Entonces José Rondeau declara rebelde y traidor a Martin Miguel de Güemes, este, instalado en su cuartel general en la localidad de Cerrillos, envía a su avanzada a La Caldera, para hostigar a las tropas de Rondeau. En este clima de tensión, Martin Miguel de Güemes se reunió en el fuerte de la localidad de Cobos con Juan Martin de Pueyrredón, quien se encontraba en el norte debido a que en enero de 1816 había sido electo como diputado por San Luis al Congreso de Tucumán, congreso en el cual se proclamó la independencia de las Provincias Unidas y durante el cual, Pueyrredón fue electo Director Supremo de las Provincias Unidas del Rio de la Plata. Como fruto de esta reunión Juan Martin de Pueyrredón envía una carta a José de Rondeau donde lo insta a replegarse hacia Tucumán dejando a Martin Miguel de Güemes a cargo de la defensa de la frontera norte, esta misiva dice lo siguiente:

“Tome VS. cuantas medidas sean necesarias para poner en movimiento todo el ejercito de su mandato en retirada para la ciudad de Tucumán….De las piezas de montaña entregará también V.S. dos con su competente tren y municiones al dicho señor coronel Güemes, a cuyo cargo, actividad y celo queda confiada la defensa de las provincias y la seguridad de ese Ejército”
(Confróntese LUIS GÜEMES, Güemes documentado, tomo 3, páginas 394 y 395).

En este encuentro queda claro, al menos ante los ojos de Juan Martin de Pueyrredón, el enorme esfuerzo llevado a cabo por Martin Miguel de Güemes junto con sus gauchos salteños y jujeños; todo esto realizado con escasos recursos, recursos provistos, muchas veces por ellos mismos, o donado por las familias salteñas y jujeñas. Es además, de suma importancia la tarea que le es encomendada a Güemes, ya que según pudo comprobar personalmente Pueyrredón, las expediciones por este lado de Sudamérica hacia el Alto Perú, contaban con escasas posibilidades de éxito, habiendo sufrido el ejercito del norte, la perdida de muchas batallas, bienes, vidas, territorios y libertades; siendo solo el triunfo de Martin Miguel de Güemes en Puesto del Marqués uno de los escasos éxitos de la tercera expedición; y es, precisamente, la táctica de guerra de guerrillas, de guerra de recursos que manejaba tan hábilmente Güemes con sus gauchos, la única esperanza de defender la frontera norte; impidiendo de esta manera que el ejército realista penetre en nuestro territorio primero a Tucumán, y desde allí a Córdoba, estratégico sitio final tan anhelado por los generales españoles, ya que desde la ciudad mediterránea era prácticamente un hecho el arribo de estos hasta Buenos Aires y también hacia la región de Cuyo, donde ya se encontraba José de San Martin preparando y planeando su más grande epopeya libertadora, ya que, entonces, se vio con mayor factibilidad el arribo por mar, a través de Chile, hacia el Alto Perú; estos planes solo eran conocidos de antemano solo por San Martin y por Juan Martin de Pueyrredón, luego de su reunión de dos días entre ambos, hecho ocurrido entre los días 20 y 21 de julio de 1816 en la ciudad de Córdoba. 

Hoy, tenemos ante nosotros la posibilidad de apreciar, con la perspectiva que nos brinda el tiempo y todo lo escrito y relatado, la verdadera magnitud de nuestro héroe gaucho y a su enorme contribución en la lucha por la independencia de nuestro país, y de toda nuestra hermandad sudamericana, ya que cumplió lo encomendado por Juan Martin de Pueyrredón, pero por sobre todo por el profundo amor hacia su tierra y hacia su gente, al cumplir su rol de vital importancia como defensor de la frontera norte de nuestro país, defensa esta que contribuyó a que el General José de San Martin completara el cruce de Los Andes y todo lo consiguiente, sabiendo que, desde este lado de la frontera, el país estaba protegido por los heroicos gauchos de Martin Miguel de Güemes.

Ariel Pablo Brito